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Reflexiones de un padrino ateo

Hace unos meses se bautizaba mi sobrina Daniella. Lorena y Javi, no contentos con que la niña tuviese dos buenos tíos (buenos), decidieron que además, seríamos padrinos. Padrino y padrino, rompiendo tópicos. Con el compromiso de que la chiquilla sea del Sporting y alguna otra cosa que nos dijeron pero que no retuvimos.

Para un padrino ateo practicante el bautizo es casi una experiencia religiosa. Y sobre todo, ese sentimiento de responsabilidad para en el futuro contarle a la neña que no, que Dios no existe pero que haga como todos los demás y disimule. ¿Qué podré irle diciendo a Daniella según crezca para que entienda esto de los Dioses, las religiones, y las fés?

De unos años acá soy más tolerante con la religión. Primero leí “La insoportable levedad del ser”. Luego conocí a las diosas que habitan en las montañas del hoy tan maltrecho Nepal. Más adelante me encontré en Jerusalén con tres religiones hijas de un mismo Dios. Y recientemente en Ghana con esa fé tan espectacular en todos los estratos sociales. Esto de la religión es un fenómeno a estudiar.

En el bautizo de Daniella se leyó el Génesis. Espectacular inauguración del mundo a cargo de un joven Dios que lo petó en 6 días y creó la semana como efecto colateral. Mención aparte para la creación del Domingo, que en los idiomas latinos significa “el día del señor”, mientras que en otros es “el día del sol” (Sunday). ¡Herejes!

Total, que mientras allí se desgranaba la primera semana de la humanidad, a mi me venía a la mente ese texto de Carl Sagan, “la historia del universo en 1 año”. Si el 1 de enero fuese el Big Bang, y el 31 de diciembre el día de hoy, ¿en qué día del año habría aparecido el Homo Sapiens? (Estímalo ahora que en el próximo párrafo vienen spoilers).

La vía láctea se habría formado en marzo. El sistema solar, en septiembre. En diciembre aparecerían las primeras formas de vida multicelulares. Los dinosaurios aparecerían el día 24 de diciembre y desaparecerían el 30. El día 31, a las 2 de la tarde, aparecen los primeros homínidos. A medianoche menos un cuarto descubren el fuego. Cuando faltan 15 segundos para acabar el año surge la civilización egipcia, y en el último segundo América descubre a Colón.

La historia bíblica gana a la científica por varias razones:

  1. Nadie iba a entender de qué carajo estaba hablando Carl Sagan hace 3.000 años;
  2. La ciencia no deja espacio para el fin de semana (como bien saben los estudiantes de doctorado); y
  3. No es posible que el ser humano sea tan irrelevante.

Por eso el hombre crea a Dios a su imagen y semejanza. Porque si no, todo esto, ¿para qué? No, el hombre *tiene* que ser el centro de la creación. No me vengas con razonamientos, sencillamente *tiene* que existir un Dios todopoderoso y los hombres nada más y nada menos tienen que ser sus hijos.

La existencia de Dios es un tranquilizante cuando no entendemos lo que está pasando. Es bueno pensar que alguien lo tiene todo controlado. Tanto si algo sale bien porque estás “en gracia de Dios” (o te sientes “como Dios”), como si hay algún desastre, que entonces es “porque Dios lo quiso” y eso nos ayuda a superarlo.

Equiparar, por ejemplo, un terremoto con la voluntad de Dios nos abre un camino interesante: equiparar a Dios con las leyes de la naturaleza. Y si Dios son las leyes de la naturaleza, entonces qué fácil se entiende ahora eso de “Dios está en todas partes”. Por eso, cuando te pegas un rodillazo con la madera de la cama, son las leyes de la naturaleza (Dios) las que hacen que la madera sea dura, tu rodilla blanda, y la potencia del golpe resulte en un moratón. Si yo crease una religión seguiría este sistema, y estaría permitido blasfemar diciendo “Mecagüen las leyes de la naturaleza que hacen que la madera sea dura, mi rodilla blanda, y la fuerza del impacto me haya generado este moratón”.

Todas las civilizaciones se han pegado rodillazos contra la madera de la cama, y todas han descubierto a Dios. Puede que las camas hayan sido diferentes, pero las leyes de la naturaleza, ergo Dios, han sido siempre las mismas. Dios es el mismo en todos los sitios. Y en concreto, en el sitio en el que es el más mismo de todos, es en el judaísmo, el cristianismo, y el islam. Unos se pegaron un rodillazo con la madera de la cama, otros una patada, y otros un cabezazo, y pese a eso, tienen todos razón, a la vez. Uno diría que el hecho de que la ciudad santa sea la misma para las tres religiones podría darles alguna pista, pero parece que les cuesta pillarlo.

Quizá mi ahijada decida crearse su propia religión. Y qué le voy a decir yo…¡si todo el mundo lo está haciendo también!

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